El olor a tierra mojada después de la lluvia se debe principalmente a la geosmina, un compuesto orgánico volátil producido por bacterias del suelo. El olfato humano la percibe en concentraciones del orden de unos pocos nanogramos por litro, una sensibilidad tan extrema que durante décadas ha supuesto un desafío para los laboratorios que necesitan cuantificarla.
Es una de esas curiosidades que, mirada de cerca, deja de ser una anécdota y se convierte en un problema analítico de primer orden.
Qué es exactamente la geosmina
La geosmina es un alcohol sesquiterpénico bicíclico de fórmula C₁₂H₂₂O. Su nombre procede del griego geo (tierra) y osme (olor), y fue identificada en los años sesenta, poco después de que se acuñara el término petricor para describir el aroma característico de la lluvia sobre suelo seco.
No la fabrican las plantas ni el propio suelo. La producen principalmente actinobacterias del género Streptomyces, las mismas que han dado a la humanidad antibióticos como la estreptomicina, y también diversas cianobacterias. La molécula se libera sobre todo cuando estas bacterias mueren o entran en fase de esporulación.
Cuando llueve sobre un terreno seco, el impacto de las gotas expulsa al aire microgotas y partículas cargadas con esos compuestos. Lo que percibimos como «olor a lluvia» es, en realidad, una mezcla en la que la geosmina convive con ozono arrastrado por las corrientes descendentes y con ácidos grasos de origen vegetal.
Por qué la detectamos tan bien
El olfato humano no destaca por su sensibilidad frente al de otros mamíferos. Con la geosmina, sin embargo, ocurre algo excepcional: el umbral de detección se sitúa en el entorno de 4 a 15 nanogramos por litro en agua, y algunos estudios lo rebajan todavía más.
Para dimensionarlo: un tiburón blanco detecta sangre en concentraciones del orden de partes por millón. Frente a la geosmina, la nariz humana trabaja varios órdenes de magnitud por debajo de esa cifra.
Una aclaración necesaria, porque genera confusión constante: 1 ng/L equivale a una parte por billón en la escala hispana (10¹²), no a lo que en textos traducidos del inglés aparece como parts per billion. Cuando se comparan umbrales entre fuentes, conviene siempre volver a las unidades de masa por volumen.
La hipótesis más aceptada para explicar esta agudeza es evolutiva. Para poblaciones nómadas en entornos áridos, oler la presencia de agua a distancia era una ventaja directa de supervivencia. Camellos, elefantes y varios insectos comparten esa misma capacidad de orientarse hacia fuentes de agua siguiendo el rastro de la geosmina.
Cuando el olor deja de ser agradable
En el aire nos resulta evocador. En un vaso de agua, no.
La geosmina y el 2-metilisoborneol (2-MIB) son los dos compuestos responsables de la inmensa mayoría de los episodios de sabor y olor terroso o a moho en agua potable. No son tóxicos a esas concentraciones, pero sí son la principal causa de reclamaciones de consumidores en abastecimientos de todo el mundo.
También aparecen en:
- Vino y uva, cuando el fruto ha sido afectado por determinados hongos.
- Cerveza y bebidas, por contaminación del agua de proceso.
- Pescado de acuicultura, que acumula estos compuestos del medio en el que se cría.
- Remolacha, setas y hortalizas de raíz, donde el matiz terroso puede ser buscado o rechazado según el producto.
Aquí surge la paradoja que define el problema: el consumidor detecta el defecto antes de que un método analítico mal dimensionado sea capaz de confirmarlo. Un laboratorio que trabaje con un límite de cuantificación de 20 ng/L no puede investigar una queja que se origina a 8 ng/L.
Cómo se analiza la geosmina en el laboratorio
La determinación de geosmina y 2-MIB se realiza habitualmente mediante cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS), precedida de una etapa de preconcentración, porque inyectar la muestra directamente no aporta sensibilidad suficiente.
Las aproximaciones más extendidas son:
- HS-SPME (microextracción en fase sólida en espacio de cabeza): la técnica más habitual. Es el mismo principio de análisis del espacio de cabeza que se emplea para caracterizar aromas complejos sin alterar la muestra. Los límites de detección publicados se sitúan típicamente entre 0,5 y 5 ng/L, y métodos optimizados han alcanzado valores por debajo de 0,3 ng/L.
- SPE y µSPE (extracción en fase sólida): un método automatizado de µSPE-GC-MS publicado en Scientific Reports ha reportado límites de detección de 2,0 ng/L para geosmina y 4,3 ng/L para 2-MIB, trabajando con solo 25 mL de muestra.
- Purga y trampa (P&T) y extracción líquido-líquido, con prestaciones variables según matriz y grado de automatización.
El reto no está solo en el instrumento. La SPME es una técnica de equilibrio, lo que significa que el resultado depende de variables que hay que controlar con rigor: temperatura de la muestra, tiempo de extracción, volumen de espacio de cabeza, fuerza iónica y polaridad del recubrimiento de la fibra. Modificar una de ellas sin validar de nuevo el método cambia la respuesta.
A esto se suma la complejidad de las matrices de agua bruta y, en aguas cloradas, la necesidad de decloración previa antes del análisis sensorial, además de la posible presencia de subproductos de desinfección como los trihalometanos. Trabajar en el rango de nanogramos por litro obliga además a extremar el control del propio entorno de laboratorio, una precaución que en otras determinaciones ultratraza resulta decisiva para evitar falsos positivos por contaminación de fondo.
Qué nos enseña este caso sobre el trabajo analítico
La geosmina resume bastante bien una idea que atraviesa cualquier laboratorio: detectar y cuantificar no son lo mismo.
La nariz es un detector extraordinario, pero no emite un resultado. No da una cifra trazable, no aporta incertidumbre asociada, no permite comparar una planta de tratamiento con otra ni verificar si una acción correctora ha funcionado. Un panel sensorial puede decir que el agua sabe a tierra; solo un método validado puede decir que contiene 7,2 ng/L de geosmina y que la semana pasada contenía 19,4.
Por eso, en este tipo de determinaciones, la fiabilidad no depende únicamente de la sensibilidad del equipo. Depende del conjunto: preparación de muestra, control de las condiciones de extracción, calibración adecuada al rango de trabajo, gestión del ruido de fondo y verificación periódica de la instrumentación.
En DCI trabajamos precisamente en ese punto: acompañar a los laboratorios para que su instrumentación esté a la altura del nivel de exigencia que impone cada análisis, especialmente cuando el objetivo está en el orden de los nanogramos por litro.
Porque, como demuestra el olor a tierra mojada, a veces el listón no lo pone la norma. Lo pone el propio sentido del olfato.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el petricor? Es el nombre que recibe el olor característico de la lluvia al caer sobre suelo seco. El término se acuñó en 1964 y describe una mezcla de compuestos, entre los que la geosmina es el más determinante.
¿La geosmina es peligrosa para la salud? No. A las concentraciones en las que se detecta en agua potable no se considera un riesgo sanitario. Es un problema organoléptico y de aceptación por parte del consumidor, no de toxicidad.
¿Cómo se elimina la geosmina del agua? Los tratamientos habituales incluyen carbón activo (en polvo o granular), ozonización y procesos de oxidación avanzada. La cloración convencional resulta poco eficaz frente a estos compuestos.
¿Qué diferencia hay entre geosmina y 2-MIB? Ambos generan olores terrosos y mohosos y suelen aparecer juntos, pero son moléculas distintas y con orígenes microbiológicos parcialmente diferentes. Por eso se determinan de forma simultánea en el mismo método analítico.
¿Qué técnica se usa para analizar geosmina? La combinación más extendida es HS-SPME seguida de GC-MS, que permite alcanzar límites de detección en el rango de nanogramos por litro.

